Gracias, Martín.
Gracias por creer empecinadamente en el gol, supremo esfuerzo, objetivo divino de esta disciplina pagana que nos carcome el seso y ese lugar difuso en donde se albergan los sentimientos.
Gracias por reirte de tus torpezas, tanto en la vida como en la cancha, para asumirte persona, simple persona tocada por la gracia de la fe.
Gracias por hacernos llorar de alegría tantas veces, aun en las equivocaciones.
Gracias por haber llegado, por haber vuelto después de haberte ido, por encarnar la razón de los hinchas sin hacerla chocar con la razón de la estrategia pomposa de los entrenadores.
Gracias por ser un símbolo humilde en un país de ídolos con pies de barro y estatuas esculpidas en la vanidad.
Gracias porque te soñamos cuando estábamos despiertos. (Diariamenteneuquen)
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